SUSURRO

 

Hubo un tiempo —no tan lejano como creemos— en que decir lo que se sentía podía ser considerado un atrevimiento. En el Puerto Rico de décadas atrás, cuando la discreción era casi una virtud obligatoria, las mujeres encontraron una manera brillante (y un poco traviesa) de comunicarse sin levantar sospechas: el abanico.

Sí, ese objeto tan delicado que hoy asociamos con calor y elegancia fue, en su momento, un traductor emocional de alto nivel.

Abrirlo lentamente podía ser una confesión.

Cerrar de golpe, una advertencia.

Cubrir el rostro… bueno, eso era un “me importas, pero no preguntes”.

Porque cuando no se podía hablar, se aprendió a susurrar con gestos.

De ahí nace SUSURRO.

Esta obra no grita, no explica, no pide permiso. Se mueve entre fragmentos, colores y silencios como lo hacían aquellas mujeres: diciendo mucho con muy poco. Cada trazo es un gesto contenido, cada forma un mensaje cifrado. Hay belleza, sí… pero también intención, picardía y resistencia suave. Porque a veces, el silencio no es sumisión, es estrategia.

SUSURRO ha tenido el honor de formar parte de exposiciones en la Escuela de la Cultura en Rincón, Puerto Rico, y en la Galería Salvador del Plata en Dorado, espacios donde esta pieza continuó haciendo lo que mejor sabe hacer: provocar miradas largas, conversaciones bajitas y esa sensación incómoda y hermosa de “esto me está diciendo algo”.

Esta obra es para quien aprecia los detalles, para quien entiende que el arte no siempre entra de frente, sino que se cuela despacio… como un secreto bien guardado.

Para quien colecciona historias, memorias y símbolos.

Para quien sabe que lo poético también puede ser irreverente.

Si SUSURRO te habló —aunque sea bajito— quizá no sea casualidad.

Te invito a escribirme, a conocerla de cerca y a formar parte de quienes eligen rodearse de arte que no solo decora, sino que acompaña, cuestiona y permanece.

Porque hay obras que se miran…

y otras que, simplemente, te susurran.